Nadie quiere vivir mal. Entonces, ¿por qué lo hacemos?

Nadie quiere vivir mal.
Nadie elige, de forma consciente, una vida que lo agote, lo frustre o lo vacíe.

Todos, de alguna manera, queremos vivir bien.
Queremos estar en paz, sentirnos plenos, estar conectados, tener tiempo, sentir que lo que hacemos tiene sentido.

Y sin embargo, algo falla.

Vivimos corriendo.
Nos despertamos cansados.
Dormimos mal, comemos apurados, reaccionamos en lugar de responder.
Saltamos de una tarea a otra, de una notificación a otra, de una exigencia a otra.
Llegamos a casa con la sensación de no haber estado en ningún lado, de haber hecho mucho… pero no haber vivido casi nada.

Y todo eso, mientras seguimos diciendo:
«Yo lo que quiero es vivir tranquilo.»

Entonces, ¿qué pasa entre ese deseo tan claro… y la realidad que lo contradice?


Quizás lo que nos falta no es fuerza de voluntad.
Quizás lo que falta es comprensión.
Entender el vínculo entre causa y efecto.
Entender que hay una coherencia, muchas veces invisible, entre lo que hacemos cada día… y cómo nos sentimos cada noche.

No se puede tener calma si todo el día te exponés a ruido.
No se puede estar presente si tu atención está fragmentada por mil estímulos.
No se puede descansar si tu cuerpo vive en alerta.
No se puede vivir bien si vivís en automático.

Y eso no es culpa. Es cultura.
Nos formatearon para funcionar así.
Nos educaron para ser productivos, no conscientes.
Nos premiaron por rendir, no por detenernos.
Nos vendieron una idea de éxito que se mide en dinero, velocidad y logros visibles, aunque por dentro no haya descanso ni alegría.


Entonces no, no es que elegimos vivir mal.
Es que muchas veces no entendemos por qué nos pasa lo que nos pasa.
No vemos el hilo que conecta nuestras decisiones cotidianas con nuestras emociones profundas.

Nos acostumbramos a decir “es normal sentirse así”.
Nos convencimos de que el estrés, la ansiedad, la fatiga, la frustración… son parte del combo.
Como si la vida viniera empaquetada con malestar incorporado.

Pero vivir así no es normal.
Es común, que no es lo mismo.
Es frecuente, pero no natural.
Es aceptado, pero no inevitable.


La pregunta no es si querés vivir bien.
Eso ya lo sabés.
La pregunta real es:
¿Estás dispuesto a mirar con honestidad cómo estás viviendo?

Porque lo que hacés con tu tiempo, con tu cuerpo, con tus vínculos, con tu atención… es lo que determina tu experiencia de vida.

No se trata de buscar una vida perfecta.
Se trata de empezar a ver con claridad.
De entender causa y efecto.
De asumir que no podemos cambiar lo que sentimos sin cambiar lo que hacemos.

Y eso no significa cambiarlo todo ya.
Significa empezar por algo.
Por una pausa. Por una renuncia. Por un freno. Por una pregunta.


Mejor con Pausa no propone una fórmula.
Propone abrir los ojos.

Porque nadie quiere vivir mal.
Pero para vivir bien, primero hay que comprender por qué no lo estamos haciendo.
Y desde ahí, empezar —aunque sea de a poco— a vivir distinto.

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