Los dos mundos: entre el más y el menos

Hay muchas formas de vivir, pero dos lógicas parecen atravesarlo todo.

Una que empuja hacia el más.
Otra que busca el menos.

No son enemigos. No son ideologías. Son formas distintas de entender qué significa vivir bien.

El mundo del más suele ser visible, ruidoso, veloz.
El del menos es más íntimo, más lento, más silencioso.
Uno mira hacia afuera. El otro, hacia adentro.
Y entre ambos, transitamos la mayoría de nuestras decisiones.


El mundo del más es el que aprendimos desde chicos.
Más trabajo, más crecimiento, más impacto, más visibilidad.
Vivir al máximo, aprovechar cada oportunidad, optimizar el tiempo.
No necesariamente es malo. Muchos encuentran en ese mundo grandes logros, desafíos creativos, expansión material y sentido en lo que construyen.

Pero también es un mundo exigente, voraz, insaciable.
Un mundo que te obliga a estar siempre proyectando algo más, como si el presente nunca alcanzara.
Un mundo donde lo que no crece, muere. Donde detenerse parece perder, y cuestionar es peligroso.

A veces, el más te potencia.
Otras veces, te arrastra.


El mundo del menos, en cambio, no se opone al más.
Pero desafía su velocidad.
Cuestiona su ruido.
Pone en duda si todo lo que hacemos es realmente necesario, o simplemente automático.

En ese mundo también hay expansión. Pero hacia adentro.
Hay abundancia, pero no en acumulación, sino en sentido.
Hay progreso, pero no hacia arriba, sino hacia el centro.

Quien vive en el menos, no renuncia al crecimiento.
Solo cambia la dirección.

Es un camino menos marcado, menos celebrado.
No te aplauden por vivir más lento, ni te premian por necesitar menos.
Pero sí te reencontrás con algo que el más muchas veces te hace perder: la paz de estar donde querés estar.


No se trata de elegir entre un mundo lleno y uno vacío.
El menos no es resignación.
El menos es una elección:
menos cosas, para más libertad.
menos estímulo, para más presencia.
menos velocidad, para más profundidad.

Y no hay un único camino correcto.
Pero sí hay un punto donde te das cuenta de que el más ya no te está haciendo bien.
Que seguís avanzando, pero no sabés por qué…

Y ahí, aparece la posibilidad de una pausa.

No para cambiar de vida de un día para el otro.
Sino para dejar de vivir por inercia.

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