Durante siglos, el tiempo fue algo natural. Se guiaba por el sol, las estaciones, el hambre, el cansancio. La vida sucedía entre pausas, sin la obligación constante de avanzar. No había necesidad de contar cada minuto. El día era largo o corto según lo vivido, no según el reloj.
Pero algo cambió. Ya no vivimos el tiempo: lo corremos, lo exprimimos, lo perseguimos. Nos convertimos en seres apurados, aún cuando no sabemos bien hacia dónde vamos.
Hoy es común decir que no tenemos tiempo. Pero el tiempo sigue ahí. Lo que falta no es tiempo: lo que sobra es demanda. Exigencia. Interrupción. Una sobrecarga de estímulos que convierte cada día en una carrera.
¿Cuándo fue que empezamos a vivir así?
La transformación fue lenta, pero decisiva. El reloj mecánico apareció en Europa en el siglo XIV, pero no tenía la función de organizar la vida cotidiana. Solo marcaba el paso del día. Con la Revolución Industrial, el tiempo dejó de ser un paisaje y se convirtió en una medida de productividad. Aparecieron los turnos, las jornadas, los horarios fijos. El tiempo se volvió dinero.
Lo que antes era un recurso invisible, ahora era una moneda. Y a partir de ese momento, vivir apurado se volvió una forma de valer.
El sistema nos entrena para eso. Desde la infancia, los horarios escolares nos preparan para una vida donde la pausa es excepción y el apuro, regla. El que llega tarde, pierde. El que se retrasa, no encaja. El que frena, molesta.
En la vida adulta, esto se intensifica. El tiempo libre tiene que ser útil. El descanso tiene que estar justificado. Hasta los momentos de ocio son medidos en términos de productividad: ¿te sirvió de algo? ¿lo aprovechaste bien?
Vivimos con la sensación constante de que estamos atrasados, que nunca es suficiente. Aunque hagamos mil cosas, siempre hay algo más que deberíamos estar haciendo. Vivimos como si el mundo fuera a caerse si no respondemos ese mensaje, si no cumplimos esa meta, si no completamos esa lista.
Pero… ¿a quién estamos siguiendo?
¿Quién puso el ritmo? ¿Quién dictó la velocidad? ¿Y por qué lo obedecemos como si fuera una ley natural?
Es necesario hacer una pausa para entender esto. Porque no es solo una cuestión de estrés o de agenda. Es algo más profundo. El apuro no es un síntoma: es una ideología. La ideología de la eficiencia, de la optimización constante, de la vida medida por resultados.
Y como toda ideología, se presenta como natural, como inevitable, como incuestionable. Pero no lo es.
No nacimos corriendo. Nos entrenaron a correr. Y nos enseñaron a tenerle miedo a lo contrario: al silencio, a la lentitud, a la espera.
Nos dijeron que detenernos es perder el tiempo.
Pero a veces, correr sin saber por qué es perder la vida.
No se trata de negar el tiempo ni de rechazar toda forma de organización. Se trata de recuperar el tiempo como experiencia, no como enemigo. De volver a sentir que hay días largos y otros breves, que hay momentos que se estiran, y otros que se encogen. Que el tiempo no se mide solo en horas, sino en profundidad.
Vivir con pausa no significa hacer menos, sino estar más en lo que hacés, muchas veces está bueno cuestionarse ¿porqué hacemos lo que hacemos?.
No es vivir lento por lentitud en sí, sino por conciencia.
En un mundo que corre por inercia, frenar es un acto de lucidez.
Y también, de rebeldía.
Quizás no se trata de tener más tiempo, sino de dejar de entregarlo sin saber a quién.
Quizás no sea el tiempo lo que está mal.
Sino el ritmo en el que nos enseñaron a vivirlo.
