Vivimos en una cultura que idolatra la productividad. Ser productivo es el nuevo símbolo de valor. Organizar la agenda, optimizar tareas, exprimir el día. Hacer más, en menos tiempo. Rendir, avanzar, mejorar, escalar.
El tiempo libre debe ser “bien aprovechado”. El descanso, merecido solo si antes hubo sacrificio. El ocio, tolerable si es útil. La lentitud, sospechosa.
No siempre fue así. Pero hoy, ser productivo no es solo una manera de trabajar: es una forma de vivir. Y de ser aceptado.
**
El origen de esta obsesión tiene raíces profundas. Como exploramos en el artículo anterior, la Revolución Industrial no solo impuso un nuevo ritmo de trabajo, sino una nueva forma de medir el valor humano. Nació el trabajador disciplinado. El tiempo empezó a calcularse en función del rendimiento. El cuerpo y la mente se pusieron al servicio del capital.
Pero con la llegada del siglo XX, la productividad dejó de ser una cuestión económica para convertirse en un ideal personal. En plena era del “self-made man”, el hombre que se levanta temprano, se organiza, trabaja duro y supera obstáculos es visto como el modelo a seguir. El que no encaja en ese molde, es perezoso, flojo, poco ambicioso.
**
Peter Drucker, uno de los padres del management moderno, afirmaba que “nada distingue más al ejecutivo eficaz que su preocupación por la productividad”. Para Drucker, la productividad no es mala palabra: es lo que permite hacer más con menos. Es eficiencia, orden, impacto. Una sociedad que no es productiva, decía, está condenada al estancamiento.
En esa misma línea, autores contemporáneos como Cal Newport —autor de Deep Work— defienden la productividad como un acto de concentración profunda en lo importante. Newport sostiene que la distracción es el verdadero enemigo, y que cultivar períodos de trabajo profundo es casi una forma de liberación.
Pero no todos lo ven así.
Byung-Chul Han, filósofo surcoreano radicado en Alemania, plantea que la obsesión con la productividad ha derivado en una forma nueva de esclavitud: el “sujeto de rendimiento”. Ya no necesitamos un jefe que nos explote, porque ahora nos autoexplotamos. Trabajamos incluso cuando nadie nos lo pide. Nos sentimos culpables si no hacemos. Nos convertimos en emprendedores de nosotros mismos, agotados y solos.
“Hoy el sujeto se explota a sí mismo creyendo que se está realizando”, escribe Han en La sociedad del cansancio. La productividad, lejos de ser libertad, se vuelve una jaula invisible.
**
También desde la psicología, se ha comenzado a problematizar esta idea. El concepto de burnout —síndrome del agotamiento crónico asociado al trabajo excesivo— ha sido reconocido por la OMS como un fenómeno global. El deseo de ser productivos en todo momento genera ansiedad, culpa, trastornos del sueño, desconexión emocional.
Incluso quienes trabajan por cuenta propia suelen replicar este modelo: jornadas interminables, listas de tareas infinitas, autoexigencia sin fin. El capitalismo interiorizado ya no necesita cadenas: solo un calendario lleno.
**
¿Y si nos detuviéramos a preguntar para qué queremos ser productivos?
¿Productivos para vivir mejor? ¿O para seguir funcionando en una rueda que nunca se detiene?
¿Productivos para tener más tiempo libre? ¿O para llenarlo con nuevas obligaciones?
**
Este no es un llamado a la vagancia ni al desorden. Es una invitación a revisar la narrativa dominante. No toda productividad es enemiga del bienestar. Pero cuando se convierte en un fin en sí mismo, deja de servirnos.
Quizás la verdadera productividad sea hacer menos, pero con más presencia.
Quizás el acto más revolucionario sea no hacer nada durante un rato.
Quizás no se trate de producir más… sino de vivir mejor.
No por rendimiento. No por eficiencia.
Sino por sentido.
